El fotógrafo Colombiano JUAN JOSE HORTA SOTO nos cuenta un poco de su proyecto “DOBLEMENTE VICTIMIZADOS”:

Las heridas que ha causado el conflicto están lejos de sanar del todo, a pesar de los avances logrados en esa dirección.

Dos años después de que se sancionara la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, han sido varias las familias beneficiadas y los programas desarrollados con miras a apoyar a esos millones de colombianos a los que la violencia les borró la sonrisa del alma.

Son muchos los que podrían sorprenderse al enterarse de los vejámenes a los que son sometidos algunos, bastantes en realidad, situados en este territorio de ‘’pasión’’ llamado Colombia, del que aún se atreven a asegurar que es uno de los más felices del mundo según encuesta, La encuesta es realizada a nivel internacional por Gallup y su corresponsal en Colombia para ese tema es el Centro Nacional de Consultoría.

Historias de no creer en las que el miedo, el dolor y la crueldad son los protagonistas. Relatos de cuchillos que atraviesan un vientre de extremo a extremo, o de gritos de gente que es picada viva.

Y más allá de lo duro de la situación, existen casos de víctimas que son dos veces víctimas. Colombianos que deben sumarle al episodio de horror de la guerra la exclusión por su condición sexual o por el hecho de llegar a un territorio en el que no son del todo bienvenidos.

La comunidad LGBTI, los discapacitados y aquellos desplazados que decidieron refugiarse en la isla de San Andrés y Providencia (cerca de 250), hacen parte de los que son víctimas dos veces. Aquí están algunas de sus historias.

juanjosehorta.com
 
“Mi error fue estar en el lugar equivocado” A sus 37 años de edad, Fidelina Sarabia ha vivido más que muchos. Es madre de tres hijos y hace poco la hicieron abuela, pero por temas de seguridad vive sola en un cuarto de San Andrés, a donde llegó en 2005 luego de que los paramilitares la amenazaran en el Magdalena. “Mi error fue estar en el lugar equivocado. Pasé por una finca, escuché gritos y al entrar en ella estaban picando a un hombre vivo”, cuenta. En la isla las cosas no mejoraron. Un hombre la acusó ante la Oficina de Control, Circulación y Residencia (Occre) de estar en San Andrés sin los papeles requeridos. Ahora es líder de los cerca de 250 desplazados que viven allí en las mismas condiciones."
 
“Yo quiero quedarme en San Andrés” Humberto Ariza es de Villa Nueva (Bolívar), y llegó a San Andrés en 1997 como víctima del desplazamiento forzado. “Querían a mi papá o a mí y nos fuimos a la isla porque un hermano vivía ahí”, cuenta. Confiesa que allí es el único sitio donde se han sentido seguros, pero advierte que a veces tienen que correr más que cuando le huían a la violencia. “Es una persecución horrible, ni a los delincuentes los tratan así”, dice refiriéndose a la temida Occre, que se convirtió en el ‘ogro’ de los desplazados. “Con el trabajo que venimos haciendo con la Unidad de Víctimas ya no nos molestan tanto, pero igual no podemos trabajar, por lo que nos toca vivir del rebusque”.
 
“Estoy dispuesta a irme pero con condiciones” Son varias las preguntas que se hace Yairis Meriño, una de las desplazadas que por cosas del amor eligió a San Andrés para huir del conflicto. Luego de vivir una historia de terror por culpa del conflicto, conoció al papá de sus dos hijos y se fueron a la isla donde él nació. “La gente decía que no podíamos estar ahí por ser desplazados, pero entonces ¿dónde están nuestras garantías?”, se cuestiona Yairis. Ella entiende que la isla es pequeña pero exige buenas condiciones para poder salir de allí y ser reubicada. “No puede ser que uno se sienta más desplazado que del sitio de donde viene porque todo el mundo lo discrimina. Se supone que esto también es Colombia”.
 
“Un cilindro me quitó la pierna” María Clementina Murillo nunca va a olvidar el 25 de octubre de 2001. Ese día el ataque de los frentes 50 y 29 de las FARC en contra de la estación de Policía, frente a donde ella trabajaba, terminó con la pérdida de su pierna izquierda. “Ese mismo día se había vencido mi contrato con la empresa de la que era empleada. Yo fui la única afectada de gravedad por la toma pero una magistrada falló en mi contra, por lo que me quedé sin ninguna indemnización”.
 
“Los grupos armados nos persiguen garrafalmente” Johan Stiven García tuvo que salir corriendo de la comuna cinco de Medellín, donde hacía las veces de líder comunitario al tiempo que defendía los derechos de su comunidad LGBTI. Primero, se desplazó a otro barrio de la capital de Antioquia, pero hasta allá llegaron las amenazas de los grupos paramilitares que descalifican de tajo a los LGBTI, por lo que tuvo que irse a Risaralda. Según Johan, son muchas las familias doblemente vulnerables al conflicto, por el hecho de tener a un ‘marica’ en la casa. “Nos persiguen los paras, la guerrilla, las BACRIM también, así no sean catalogados como generadores de víctimas del conflicto, pero todos nos persiguen por la condición sexual”, cuenta Johan, para quien la razón de esta ‘’fijación’’ se debe a la “idea errónea que se ha vendido acerca de ser LGBTI”. “Somos catalogados personas generadoras de enfermedad, generadoras de trastornos en la sociedad”.
 
“Mi condición sexual nos puso en el ojo del huracán” A Nora no le importa que le digan ‘cacorra’ y ‘arepera’. Con una sonrisa en su rostro confiesa que ama a su pareja, y a pesar de lo que ha tenido que sufrir -muerte de sus familiares y desplazamiento forzado-, confiesa que es feliz. A la medianoche del 12 de octubre de 1997 tuvo que ver cómo un paramilitar le atravesó un cuchillo a su hermano. “Ella era una chica trans, antes de matarla nos enviaron un volante que decía ‘el homosexual es un peligro para la sociedad, gas los maricas’. El tipo ese le enterró un puñal en el vientre, se lo subió y volvió y se lo bajó”. Eso fue en Sevilla (Valle) de donde Nora tuvo que salir días después con su mamá, su hermano, dos hijas de una hermana a la que también asesinaron después de violarla, y su novia, con la que ha compartido risas y llanto desde hace 15 años. “Tener que dejarlo todo, donde no aguantábamos hambre, para irnos a una ciudad en la que no conocíamos a nadie fue muy difícil”, cuenta. Ahora Nora es líder de la comunidad residencial en la que vive y, aunque siguen los señalamientos, espera que algún día la sociedad sea más tolerante y solidaria.